Los 10 rasgos de inmadurez más confundidos con síntomas de autismo

La patologización de la infancia está en aumento. Casi un 40% de los niños diagnosticados con trastorno del espectro autista entre los 2 y 3 años no mantienen el diagnóstico a la edad de 4 años. Es importante esquivar las etiquetas y mirar el desarrollo de cada chico.

1. Retraso en la adquisición del lenguaje. Los niños que tardan en hablar son los que más riesgo tienen de cargar con una sospecha errónea de autismo. El desarrollo del lenguaje no tiene un ritmo fijo, y son muchas las variaciones entre unos niños y otros, especialmente en lo que se refiere a la edad de la adquisición. ¿Por qué ocurre esto? El Instituto Noruego de Salud Pública se propuso averiguarlo, y esto es lo que halló en un estudio de 2011: «cierto número de factores del niño -entre ellos, el género masculino, bajo peso al nacer, baja edad gestacional, o parto múltiple- tenían una asociación significativa con las puntuaciones bajas en la producción verbal a los 18 meses de edad. El sufrimiento/depresión materna, el bajo nivel de estudios materno, tener hermanos mayores o proceder de una familia con una lengua materna extranjera también predecía bajas puntuaciones en la producción verbal a los 18 meses. (…) A pesar de este hallazgo, la mayor parte de la variabilidad en el desempeño verbal en esta cohorte de niños de 18 meses no podía ser explicada por este extenso conjunto de pretendidos factores de riesgo». Es decir, aunque sí existen ciertos factores que pueden influir, no hay una causa clara de que exista esta gran variabilidad, pero existe y, por tanto, debemos respetarla.

Mucho se ha escrito al respecto de los niños que tardan en hablar y la facilidad con la que se le achacan trastornos de forma equivocada. Sirva como referencia el libro del Catedrático Stephen Camarata Late talking children: a symptom or a stage, así como El Síndrome de Einstein, del escritor Thomas Sowell. Stephen Camarata también ha escrito artículos cortos para ayudar a las familias a distinguir entre el retraso en la adquisición del lenguaje y los trastornos del espectro autista, y entre retraso y trastorno del lenguaje.

2. Repetición de palabras de otras personas fuera de contexto. La repetición de frases y palabras de otras personas se conoce como ecolalia, y es uno de los síntomas «estrella» del autismo. Sin embargo, y especialmente en los niños pequeños, la repetición de palabras no tiene por qué implicar la existencia de un trastorno. Como ya dice el Manual de Autismo y TGD de John Wiley e hijos y recoge Wikipedia, «la ecolalia puede ser un indicador de trastornos de la comunicación del autismo, pero ni es exclusivo ni es sinónimo de trastornos». Wikipedia prosigue, citando un trabajo de Ganos et al, afirmando que «la ecolalia es habitual en niños pequeños que están aprendiendo a hablar. La ecolalia es una forma de imitación. La imitación es un componente útil, normal y necesario del aprendizaje social». Así que la repetición automática de palabras, o ecolalia, no sólo no implica necesariamente la existencia de un trastorno, sino que es un fenómeno bueno y deseable para aprender a hablar. Y, relacionando este punto con el anterior, puede ser perfectamente normal ver a un niño ya crecidito (alrededor de los 3 años) haciendo estas repeticiones, porque, a fin de cuentas… ¡está aprendiendo a hablar! Ciñéndose al trabajo de Ganos, Wikipedia añade que «la ecolalia se vuelve cada vez menos habitual a medida que se desarrollan las habilidades lingüísticas del niño. No es posible distinguir la ecolalia característica del aprendizaje por imitación que ocurre como parte del desarrollo normal, de la imitación automática o ecolalia característica de un trastorno hasta más o menos los tres años, cuando se desarrolla una cierta capacidad de autorregulación. Se puede empezar a sospechar la existencia de un trastorno si la imitación automática persiste más allá de los 3 años».

3. Comunicación de necesidades llevando al adulto de la mano. Éste, al igual que el anterior, es un punto en el que hacen hincapié muchos profesionales, para añadir argumentos en el caso de los niños que no hablan o hablan poco. Sin embargo, y como en el caso de la repetición de palabras, realmente la comunicación no verbal de necesidades es un aspecto positivo y no negativo, ya que manifiesta una clara intención comunicativa. Y, ¡por supuesto que es no verbal, si el niño no sabe (o apenas sabe) hablar!

4. Rabietas. Las rabietas habituales e intensas son también consideradas síntoma de trastornos del espectro autista (o de TDAH). Recientemente, esta misma frecuencia e intensidad de las rabietas ha sido considerada como un trastorno independiente con identidad propia. Entonces… ¡cualquier niño de 2 y 3 años puede ser un trastornado! Bromas aparte, las rabietas, como ya se comentó en un artículo anterior, son una forma de expresión primitiva y agresiva de unas emociones que el niño todavía no es capaz de comunicar verbalmente. La agresividad, y, por tanto, las rabietas, se reducen con el desarrollo de la capacidad de autocontrol mencionada anteriormente, y ésta llega de la mano del desarrollo cognitivo, según estudios. ¿Cuándo ocurre esto? El investigador R.E. Tremblay analizó la trayectoria de agresividad física en más de 500 niños desde los 17 a los 42 meses, divididos en 3 subgrupos según su nivel de agresividad, y descubrió que dicha agresividad fue en ascenso en todos ellos, hasta en los más pacíficos. Y, en otro estudio (al que aluden otros investigadores), Tremblay halló que «la inmensa mayoría de los niños reducían la frecuencia de sus agresiones físicas desde el momento que comenzaban en la escuela [primaria a los 6 años] hasta el final del instituto». Así, determinó que el autocontrol llega «en algún momento de la etapa preescolar», entre los 3,5 años (momento en que la agresividad todavía va en aumento) y los 6 años (cuando la agresividad va en descenso).

5. Manías con la comida. Los niños que son «malos comedores» (selectivos con la comida, que se niegan a probar alimentos nuevos o conocidos, que comen poco…) también suman un presunto síntoma de trastornos del espectro autista. De hecho, al igual que las rabietas, también se ha convertido en un trastorno independiente: el llamado trastorno de ingesta selectiva (selective eating disorder) o trastorno que restringe/evita la ingesta de alimentos (avoidant/restrictive food intake disorder-ARFID). En este punto, tenemos un problema… ¡la mitad de los niños de 2 años podrían considerarse trastornados!

Así se desprende de un estudio de la Universidad de Tennessee, que se dispuso a medir la prevalencia de «comedores selectivos» entre bebés y niños pequeños. El resultado no sorprenderá a nadie: la prevalencia de niños considerados por sus cuidadores como difíciles a la hora de comer pasó de un escaso 19% a los 4 meses a un 50% en niños de 24 meses. Y, si los investigadores hubieran querido extender su estudio, la prevalencia habría sido mucho mayor, ya que a los 2 años es cuando comienza a surgir la neofobia alimentaria (existe un artículo en español, pero el artículo en inglés es más completo y preciso). La neofobia consiste en la resistencia a probar nuevas comidas y es un mecanismo que ha dado al ser humano ventaja evolutiva, al hacer que evite arriesgarse a comer alimentos nuevos y potencialmente venenosos. La neofobia es transitoria y, como se comentó en un artículo anterior y también indica Wikipedia (citando artículos científicos), suele remitir con la exposición repetida a los nuevos alimentos, y puede verse influida por las preferencias alimentarias de los padres.

Por otra parte, el hecho de que los niños sean considerados «malos comedores» depende en gran medida de la percepción personal de los cuidadores y de sus expectativas sobre lo que el niño debe comer. Cabe destacar que, en el estudio de la Universidad de Tennessee, aunque los adultos consideraban que la mitad de los niños «comían mal», todos los niños «cumplían o sobrepasaban las recomendaciones calóricas y dietéticas apropiadas a su edad». Es decir, ninguno comía de menos ni tenía déficits de nutrientes (aunque algún cuidador así lo pensara).

6. Incapacidad de mentir. En las listas de síntomas del autismo aparece la sinceridad excesiva, la incapacidad de decir mentiras por ser incapaz de despegarse de la realidad, lo que incluye también la incapacidad de hacer o entender bromas o de comprender expresiones en sentido figurado. Sin embargo, los niños muy pequeños tampoco saben mentir. Un reciente experimento de laboratorio ha encontrado pruebas de que sólo una minoría de niños entre los 2 y los 3 años y medio dicen cosas que no son ciertas, y, aun así, realizan estas afirmaciones sin tener en cuenta el efecto que van a causar en el receptor. Es decir, afirman cosas que desearían que hubieran ocurrido, pero sin la intención específica de engañar a otra persona. El libro El filósofo entre pañales, de Alice Gopnik, explica detalladamente estas «mentiras primarias» dentro del contexto de que el niño pequeño no es capaz de discernir claramente entre lo real y lo imaginario (por ello algunos están convencidos que lo que han soñado ha ocurrido de verdad, por poner un ejemplo).

Volviendo al experimento de laboratorio, en el que los investigadores pedían a los niños individualmente que no miraran dentro de una caja y después se ausentaban de la habitación, apenas un 25-33% de los niños menores de 3 años y medio que sí miraron afirmó no haberlo hecho. Sin embargo, a partir de los 3 años y medio, el porcentaje de niños que mintió se elevó al 90%, dado que ya eran conscientes de que habían hecho algo prohibido por el investigador.

7. “Obsesiones”. Una de las principales manifestaciones de síndromes como Asperger o autismo son las aficiones muy intensas y obsesivas. Sin embargo, en la primera infancia, esta intensidad en las aficiones es muy normal. Como ya se comentó en un artículo anterior, un estudio científico, realizado con niños de y niñas de entre 11 meses y 6 años con un desarrollo completamente normal, asegura que «casi un tercio de los niños pequeños tienen intereses de extrema intensidad», y que estas aficiones especialmente intensas «son mucho más comunes entre los niños pequeños que entre las niñas pequeñas», sobre todo entre los chicos con altos niveles de testosterona prenatal. Otro estudio subrayaba que «la edad puede estar asociada con un incremento de la flexibilidad en la asignación de la atención», apuntando que, con el paso del tiempo, se diversifican de forma natural las aficiones infantiles y, por tanto, decrece la intensidad.

Una vez más, es fundamental la actitud de los padres hacia estas aficiones. Si bien se considera que existe una patología cuando la «obsesión» se convierte en un «obstáculo para el funcionamiento social o familiar»; en el estudio sobre niños considerados con un desarrollo normal se menciona que «algunos niños llegaron a estar tan centrados en un solo interés, que dominaba muchos aspectos de su vida: lo que pensaban, de lo que hablaban, lo que buscaban, y lo que hacían». No en vano, en este estudio de los niños considerados neurotípicos, «la amplia mayoría (92%) de los padres indicaron que habían reaccionado positivamente a los intereses de extrema intensidad de sus hijos y que los apoyaban activamente».

8. Adhesión a las rutinas, resistencia a los cambios. Resulta curioso que primero se bombardee a las familias para que establezcan rutinas en los niños, incluso desde que son bebés, para luego decir que la estricta adhesión a las rutinas es síntoma de un trastorno. Como apuntan numerosos profesionales, las rutinas dan seguridad a los niños y les ayudan a comprender la organización de su mundo. Si el niño no es suficientemente maduro como para comprender por qué se salta una rutina, o si no se le explica el porqué, es normal que luche para que su mundo siga teniendo su orden normal.

Dentro de este apartado, muchas familias también se preocupan cuando el niño quiere ver siempre las mismas películas o que se le cuenten los mismos cuentos una y otra vez. Esto no sólo es normal, sino deseable. La repetición es una poderosa herramienta de aprendizaje, y gracias a ella los niños pueden fijar nuevos conceptos y palabras.

Un estudio realizado en el Reino Unido puso de manifiesto la importancia de que los niños escuchen el mismo cuento muchas veces para la adquisición de vocabulario. Las investigadoras repartieron a 16 niños de 3 años en dos grupos: uno al que se leían tres cuentos diferentes, pero en los que aparecían las mismas asociaciones nombre-objeto, y otro al que se leía tres veces el mismo cuento. Esta operación se repitió en 3 sesiones. El experimento dio como resultado que los niños «que escucharon los mismos cuentos repetidamente fueron muy precisos tanto en el recuerdo inmediato como en la retención», mientras que los niños que escucharon cuentos diferentes «no aprendieron ninguna de las palabras nuevas». «Hallamos un espectacular incremento en la capacidad de los niños tanto para recordar y retener las asociaciones nombre-objeto de los relatos encontradas durante la lectura en grupo cuando escuchaban los mismos cuentos muchas veces seguidas», concluyen las investigadoras.

9. Escaso contacto visual. El establecimiento de contacto visual con el interlocutor (mirar a los ojos) se adquiere a medida que va progresando el desarrollo social del individuo. Esta faceta del desarrollo, al igual que tantas otras, no progresa al mismo ritmo en todos los niños; así, no todos los niños establecen contacto visual del mismo modo ni en la misma cantidad. Un reciente estudio de la Universidad de Texas halló que, de nuevo, la testosterona prenatal está involucrada en la cantidad de contacto visual que realizan los niños pequeños, a través del estudio de 72 niños a los 18 y a los 24 meses, a los que se grabó jugando con uno de sus progenitores. El estudio concluyó que las menores dosis de testosterona recibidas en el útero materno predecían una «mayor duración y más frecuencia en el contacto visual». «Estos novedosos hallazgos sugieren que los andrógenos prenatales pueden influir en el surgimiento del desarrollo social».

10. Escaso juego social. Y sí, también el «punto estrella» de los síntomas de autismo, como es la escasa sociabilidad, se puede confundir en los estadios tempranos del desarrollo con la falta de madurez. Y es que la interacción y el juego social forman también parte del desarrollo madurativo del individuo, y, por tanto, no aparecen ni evolucionan al mismo ritmo en todos los niños. Además, el juego social no es ni mucho menos el primero que aparece en los niños pequeños.

De hecho, según un estudio de la dra. Barbu de 2011, los niños de 2 y 3 años pasan más tiempo jugando en solitario (24,4%) y en solitario junto a otros niños -lo que se conoce como juego en paralelo- (22,4%), que jugando con otros niños en juego asociativo (17%) o cooperativo (0,7%), o interactuando con compañeros (5,3%). A partir de ahí, el juego social va ganando terreno poco a poco, pero, según asegura el mismo estudio, antes en las niñas que en los niños: «los niños en edad preescolar jugaban solos con más frecuencia que las niñas en edad preescolar. Esta diferencia estaba especialmente marcada a los 3-4 años». Según la Dra. Barbu, no es hasta los 4 ó 5 años cuando los chicos se implican en el juego asociativo al mismo nivel que las chicas.

Una «tormenta perfecta»

Así pues, tomando aleatoriamente 4 ó 5 de estos «síntomas», ya tendremos esa «tormenta perfecta» de la que hablaba el psicólogo Enrico Gnaulati, que hará aflorar la sospecha de TEA. Como ya hemos visto, los altos niveles de testosterona prenatal ayudan a que se forme esta «tormenta perfecta», al retrasar la aparición del lenguaje y el desarrollo de habilidades sociales como la empatía.

Sin embargo, cabe matizar que los altos niveles de testosterona fetal sólo retrasan, pero no impiden el desarrollo verbal y social. De hecho, los claros resultados que arrojan los estudios realizados con niños pequeños ya no lo son tanto cuando se estudia a niños más mayores. Según un estudio publicado en diciembre de 2015 y realizado con niños de 8 años, sólo el 10% de los chicos con los niveles más elevados de testosterona prenatal (unos niveles «extremadamente altos», según los investigadores) presentaron ciertas dificultades en cuanto a comunicación social y reconocimiento de emociones. Y, con eso y con todo, los investigadores aseguran que en su estudio «no hubo ninguna asociación entre el ratio digital [medida indirecta de la testosterona prenatal] y los rasgos autistas».

Por tanto, se hace indispensable llevar extremo cuidado a la hora de emitir o pedir valoraciones sobre niños muy pequeños, ya que es muy fácil confundir sus rasgos de inmadurez con posibles síntomas de autismo

Ya un estudio de 2007 alertaba de que casi un 40% de los niños diagnosticados con trastorno del espectro autista entre los 2 y 3 años no mantienen el diagnóstico a la edad de 4 años. Un reciente informe de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés), organismo oficial de EEUU, admitió que un 13,1% de los niños diagnosticados inicialmente con autismo habían perdido su diagnóstico con el paso del tiempo. El Dr. Allen Frances, Catedrático Emérito de la Universidad de Duke y miembro del consejo redactor de la 4ª edición del Manual Diagnóstico y Estadísico de las Enfermedades Mentales (DSM-IV), también recomienda cautela a la hora de diagnosticar a los niños por su inmadurez.

Y, sin embargo, el número de casos de autismo y TEA sigue aumentando. ¿A costa de quiénes? De los más pequeños

Por eso, es imprescindible que las familias actuemos como abogado defensor de nuestros hijos y les garanticemos que dispondrán del tiempo que necesitan para madurar. Porque, a fin de cuentas, y como decía Judit Falk, continuadora de Emmi Pikler, «el soporte más eficaz que se puede ofrecer a los niños con un desarrollo más lento que la media no difiere del que favorece el desarrollo y crecimiento de los otros niños: seguridad afectiva, una cálida relación con la persona adulta, basada en el profundo interés de que son objeto, y una actitud de paciencia».

Fuente: https://dejemoslescrecer.wordpress.com/

Desarrollo infantil: ante las dificultades, es clave intervenir sin patologizar

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