Violencia de género: su origen, en el escondite menos pensado

Cuando muere una mujer, el dolor se tiñe de desconcierto. Porque con ella desaparecen las certezas que esa vida femenina prometía.

Basta pensar en la muerte de una mujer madre, mujer abuela, mujer tía, mujer hermana, mujer hija o mujer amiga, para entender que consigo arrastra a toda la humanidad. Nos deja huérfanos de algo o de alguien que nos hacía falta y que extrañamos.

Su muerte no es sólo una pérdida sino la ausencia total de sosiego. Es el temor de que toda vida termine, al confluir la desaparición de certezas y la irrupción de ausencias.

Femicidio fue una palabra pronunciada entre dientes por miles de personas durante la histórica y masiva marcha #NiUnaMenos en diversas ciudades de la Argentina, sorprendiendo por su significado.

La sociedad se sintió agredida por sí misma, porque el femicidio es un ataque mortal de uno contra otra, pero siempre propios. Asesinos y asesinadas pertenecen al mismo género.
La sociedad reaccionó, se agrupó y respondió a viva voz, para que el silencio no gane. El clamor no fue iniciado por un número acumulado de víctimas sino por el desamparo, por la necesidad de gritar. Queriendo tapar con voces a los masculinos criminales; queriendo renacer con palabras a las femeninas agredidas.

ni una menos

Los reclamos llegaron con tembloroso apuro. Se propusieron ideas desde el dolor, el rechazo, el cansancio y, fundamentalmente, desde el humano horror. Todos, con el ilusorio deseo de retraer la historia al momento en que todas estaban vivas.

Pero el pensamiento mágico no ayudó en que esto fuera posible, y ahora estamos hablando de otra cosa. De comisiones especiales, de botones anti pánico, de urgentes medidas de control, de vigilancia programada.

Todo vale, todo sirve. Sin embargo el origen no se nombra; sigue y seguirá intacto esperando ser descubierto.

La violencia nunca responde a un solo origen; desde lo individual a lo general, muchos factores concurren para el desencuentro.

La sorpresa en la génesis de la violencia de género es que tiene su escondite en el lugar menos sospechado, en el mismo inicio: en la infancia. Alojada en rincones inocentes y cotidianos donde transcurre la crianza de los chicos. Allí se definen a la mujer y al hombre con estereotipos enraizados en pre-juicios y pre-conceptos familiares; en múltiples conductas que marcan la educación infantil. Sentencias inapelables que los chicos aprenden, y sin saberlo los inician en la violencia.

“Las niñas son dóciles; los varones transgresores. Ellos reciben armas como juguetes; ellas, muñecas. Los muchachos juegan con golpes, porque así son ellos. Las muchachas conservan modales, porque así deben ser ellas. Los masculinos son torpes, desordenados y empujan. Las féminas son delicadas, prolijas y se dejan empujar”.

Las diferencias de género -necesarias y esperables- trastocan en discriminación y desprecio cuando, de modo sutil, esconden un machismo irreflexivo que acepta sometimientos

“Los chicos son fuertes y no lloran; las chicas son el “sexo débil”, lloran por todo. Ellos resisten con músculos y portan apellido. Ellas resisten en silencio y adoptan apellido.
Ellos, los reyes de la casa, son buenos para el deporte. Ellas, apenas princesas, son buenas para la danza. Los machos deciden, porque es de macho hacerlo. Las hembras acatan, porque así está mandado. Ellos juegan duro, ellas se maquillan. Los novios presionan; las novias resisten. Él agrede, ella entiende. Él penetra y ella llora”.

Mientras las naturales diferencias se transforman en estigmas, el desencuentro crece. Entonces los empujones serán golpes; los gritos, puñaladas y los insultos, balazos.

Queda la educación, llave maestra de las puertas más herméticas, como esperanza para cambiar la historia

¿Podremos educar nuevas generaciones en la auténtica igualdad de género? Desarmemos prejuicios desde la infancia temprana, para que las diferencias nos unan. Cambiemos mitos por respeto, costumbres por tolerancia, silencio por palabras y muerte por vida.

Por: Enrique Orschanski. Médico pediatra. Especialista en infancia y familia. Autor del libro Pensar la infancia, y coautor con la psicopedagoga Liliana González de los libros Cre-cimientos (2011) y Estación Infancias (2013)

 

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