Las mujeres, entre la libertad, el sexo y los prejuicios que nos siguen habitando

Él estaba de novio y yo también pero nos hicimos amigos. Desde el primer momento me cayó bien: era inteligente, divertido y le interesaban las mismas cosas que a mí.

Empezamos a pasar más tiempo juntos y compartir espacios. Nos contábamos nuestros problemas y desventuras amorosas. Con el tiempo los dos cortamos pero mantuvimos la misma relación.

Un día él me contó que estaba mal por cómo habían terminado las cosas con su novia y no entendía por qué ella lo había dejado. Decidí que era una buena idea presentarle a una de mis amigas.

Esa noche fuimos todos a una fiesta y mi buena intención se hizo real. Josie y él hablaron toda la noche hasta que se fueron juntos del lugar. Lo único que me molestó fue que me dejaran a pata.

“Me bajé del auto y me volví sola a mi casa”, leí cuando me desperté. “Fue horrible. Él quería tener sexo, yo no, me insultó durante una hora y me obligó a bajarme en un barrio que no conozco. Arrancó mientras yo tenía la puerta abierta y un pie por fuera”.

Releí el mensaje varias veces. No entendía bien lo que estaba pasando. Yo los había visto tomar mucho a los dos. ¿Estaban borrachos? ¿Podía ser cierta la historia? No quería creerle.

Jo siempre fue una chica con mucho carácter, quizá discutieron por otra cosa y no se acuerda. Tal vez él estaba borracho, ella se enojó y él arrancó el auto sin darse cuenta.
“Seguro estaba mamado, no creo que haya hecho nada a propósito. Yo lo conozco, es un buen pibe”, respondí y dejé zanjada la cuestión. O eso pensé.

Mi relación con ambos se mantuvo igual pero por separado. Josie no lo podía ni ver pero yo creí que estaba exagerando. El tiempo pasó y dejé atrás la situación.

***

Un año después me encontré con él en una fiesta. Yo había ido sola con mi hermana y sus compañeros de trabajo, por lo que verlo ahí fue un gol de media cancha. Nos quedamos hablando y tomando cerveza hasta que el lugar quedó casi vacío.

Nos quedamos en silencio, yo sonreí y me besó. Yo no pensé en nada y también lo besé. Él me preguntó: “¿Nunca habías pensado ésto? Hace rato que ninguno está de novio y siempre nos llevamos bien”. Nunca me había gustado pero su explicación me cerró y seguimos besándonos.

Nos fuimos de la fiesta y nos sentamos en la playa. La situación escaló rápidamente. Él intentó pasar al siguiente nivel pero yo no quería. Era prácticamente de día y estábamos en una playa cerca del centro. Le dije que no.

Mi negativa no lo convenció y volvió a insistir. Otra vez le dije que no. Una vez más intentó tocarme y tuve que decirle que no por tercera vez. Ya me estaba empezando a sentir incómoda, me levanté y caminé hacia la calle. Él me siguió.

Me dijo de ir a comer algo y me tranquilicé. Los hombres siempre se ponen insistentes, pensé, debe estar borracho.

Empezamos a caminar pero nos cruzamos con un hotel alojamiento. Me agarró del brazo y me dijo “¿entramos?”. Le dije que no y me solté. Volvió a agarrarme, “¿por qué no?” y me solté otra vez.

De repente todo lo que me había contado Josie se reprodujo como una playlist desordenada en mi cabeza.

Él seguía insistiendo, yo seguía diciendo que no y alejando sus brazos de mí una y otra vez. No sabía qué estaba pasando, él se puso agresivo y empezó a tratarme cada vez peor. Me agarró, me insultó hasta que me solté.

Le dije que me iba y empecé a caminar. Se ofreció a acompañarme porque yo estaba muy lejos de mi casa. Me sentía más segura sola que con él. No lo podía ver. Logré subirme a un taxi sin que me siguiera.

Al día siguiente estaba tan aturdida que no caí en la cuenta de lo que había pasado. Yo había tomado de más y pensé que quizá yo le había dado señales confusas. Sabía que él también había tomado y tal vez el alcohol lo ponía así.

“No me acuerdo nada de la noche de ayer pero recuerdo que te enojaste. ¿Está todo bien?”, me escribió. “Sí”, respondí de manera automática. Me sentía sola, tenía verguenza y nadie con quien hablar.

La noche siguiente volvió a escribirme, esta vez para invitarme a comer. La respuesta fue negativa pero seguía sin entender qué había pasado exactamente.

Me sentía tonta por haber respondido sus mensajes. Me daba vergüenza no haberle creído a Josie. Me sentía tan insegura y tan humillada que decidí no contarle a nadie.
Hasta ahora.

***

Yo me sentía humillada e impotente por haberme puesto en esa situación. Me sentía culpable, como si yo me lo hubiera buscado. Pero, ¿me lo había buscado?

Dos años tardé en darme cuenta de que no es mi culpa que la sociedad le enseñe a las mujeres a cuidarse y no le enseñe a los hombres a respetarnos. No importa lo que hayamos hecho, nadie tiene derecho a maltratarnos. Nadie tiene derecho a exigirnos nada.

La única vergüenza que me correspondía sentir era la de no haber apoyado a mi amiga. ¿Por qué tenemos que convertirnos en victimas para entender?

Josie te pido perdón.

 

  • La autora es periodista y vive en la Ciudad de Buenos Aires.
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