Las mujeres del ISIS: un libro revela el costado menos conocido del terrorismo islámico

Compartimos parte de un capítulo del libro del reconocido periodista argentino Gustavo Sierra, “Los Chicos del ISI”.

La prensa británica las bautizó como “the Bethnel Green Girls”, las chicas de la escuela de ese barrio del este de Londres que se unieron al ISIS. Se hicieron famosas en todo el mundo por una foto que les tomaron automáticamente en el aeropuerto de Gatwick cuando escapaban de sus casa para ir a Siria. Amira Abase, Shamima Begum y Kadiza Sultana tenían entre 15 y 16 años cuando se tomaron el avión hacia Turquía ese 17 de febrero de 2015. Tres chicas inteligentes, dos de origen bengalí y la otra etíope, criadas en esta zona de la capital británica que todos conocen como el “Londonistán” (los barrios de indios, bengalíes, pakistaníes y de todo el resto de Asia), con muy buenas notas en la escuela y grandes posibilidades de asimilarse en la sociedad europea, que de un día para el otro dejan todo para ir a hacer la jihad. “No hay que creer que todas las mujeres que se alistan en el ISIS son una niñas que no saben nada y que se enamoran de una idea que les mandan por un tweet. Son, en general, buenas estudiantes o profesionales, astutas e inteligentes, que saben muy bien lo que están haciendo. Eligen formar parte de esa sociedad que, supuestamente, las entiende mejor que en los barrios europeos en los que permanecen segregadas”, explicó Sasha Havlicek, del Institute for Strategic Dialogue de Gran Bretaña, en su testimonio ante el comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes estadounidense.

Una periodista del New York Times, Katrin Bennhold, logró entrevistar a algunos de los familiares de las chicas de Bethnel Green y reconstruyó parte de sus vidas y circunstancias que las llevaron a tomar la decisión de unirse al Estado Islámico. Khadiza Sultana, de 15 años, pasó la noche anterior a la huída de su casa manteniendo un “pijama party” con su sobrina y amiga muy cercana, dos años menor que ella. Saltaron en la cama y bailaron en el cuarto de Khadiza hasta que cayeron exhaustas. Hay una foto del momento en que cantaban frente a un espejo que quedó en el celular de la sobrina.

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Finalmente, Khadiza le cedió la cama a su sobrina y fue a dormir con su madre que había quedado viuda unos meses antes. Todo eso ocurrió un lunes de febrero de 2015 durante una semana de vacaciones escolares. El martes a la media mañana, Khadiza puso unas cuantas cosas en su mochila, incluido el perfume Lacoste que adoraba, le dijo a su madre que iba a la escuela a buscar unos libros que necesitaba y que se quedaría estudiando en la biblioteca hasta que cerrara a las 16:30 hs. Pero no regresó. La madre comenzó a preocuparse una hora más tarde y le pidió a su otra hija, Halima, hermana mayor de Khadiza, que le enviara un mensaje de texto. No tuvo respuesta. Antes de las seis de la tarde, la hora del cierre de la escuela, Halima manejó hasta allí para preguntar por su hermana a los profesores. Ningún estudiante vino hoy aquí, le respondieron. “Entré en pánico. No quería llamar a mi madre pero no tuve más remedio. Juntas fuimos a la policía”, contó Halima. A la otra mañana, tres agentes del SO15, la división de contraterrorismo del Scotland Yard, fueron a la casa de Khadiza para decirle a la familia que tenían evidencias de que la chica había viajado hacia Turquía junto a dos de sus compañeras de la escuela. Unos minutos más tarde comenzaron a encontrar en la casa las huellas de la huída. La ropa de Khadiza no estaba, faltaban dos bolsos y tampoco pudieron encontrar su pasaporte, el que le habían sacado para viajar a Bangladesh un mes después. El resto fue noticia internacional. Una foto tomada desde arriba de las tres chicas, Khadiza, de 16 años, y sus amigas Shamina Begum y Amira Abase, de 15 años, pasando muy tranquilas el control de seguridad del aeropuerto para abordar el vuelo 1966 de Turkish Airlines hacia Estambul. Se habían escapado para unirse al ISIS en Siria. La policía turca determinó unos días más tarde que las chicas se tomaron un autobús en Estambul que después de 18 horas las dejó en un pueblo de la frontera con Siria. Allí las esperaban dos hombres en una camioneta, así lo muestran aunque con imágenes muy borrosas las cámaras de seguridad del lugar que difundió la cadena de televisión turca A Haber, y desaparecieron rumbo a las montañas. Dos días más tarde, Khadiza se comunicó con su hermana desde Raqqa, la capital del califato, para decirle que estaba bien y que se quedara tranquila. “¿Y qué, fuiste ahí a casarte?”, le preguntó Halima. “No, no vine aquí sólo para casarme. Vine para ayudar”, le contestó Khadiza antes de cortar la conversación.

Todo había comenzado dos meses antes cuando otra amiga de las chicas y compañera de la escuela, Sharmeena Begum (sin relación directa con Shamina Begum, aunque hay una lejana conexión familiar) había dejado su familia para viajar a Siria. Desde allí mantuvo contacto con ellas a través de las redes sociales y les insistió muchas veces para que viajaran a Raqqa. Sharmeena había perdido a su madre por un cáncer en enero de 2014 y estaba muy enojada porque su padre se había casado con otra mujer. Esta situación la había llevado a visitar muy asiduamente una mezquita cercana a la escuela. Muchos días no asistía a clases y se quedaba todas esas horas en el centro cultural musulmán adyacente a la mezquita. Su hermano mayor, Shuyab Alon, contó a la policía que su hermana cambió de conducta de un momento al otro. “Ya no vestía pantalones y se cubría la cabeza. Decía que estaba muy preocupada por lo que sucedía en Siria cuando hasta ese momento nunca le había escuchado decir ni una palabra de la guerra o Medio Oriente”, contó Shuyab. Khadiza la acompañó a Sharmeena el 6 de diciembre de 2015 a la ceremonia del casamiento del padre, Mohammad Uddin, con la nueva mujer. Cinco días más tarde, Sharmeena había desaparecido y el padre se enteró por un llamado telefónico recién 72 horas después. Uddin dijo al diario Daily Mail que le había advertido a la policía de que su hija andaba siempre con Khadiza y las otras chicas, que las tenían que vigilar porque ellas también se iban a escapar, pero que nadie hizo nada. La policía fue a la escuela e interrogó a las tres amigas aunque omitió notificar a los padres. Casi dos meses después les mandó una carta a la escuela para que la entregaran en sus casas y obviamente no lo hicieron. Uno de los investigadores cree que eso precipitó el viaje de las tres chicas.

El abogado de las familias, Tasnime Akunjee, dijo en una entrevista a la BBC que “las cuatro chicas tenían un pacto desde diciembre y ya habían tomado contacto con una reclutadora que las ayudó a organizar todo. Y el hecho de que una de ellas hubiera hecho primero el viaje y ya estuviera en Raqqa, evidentemente, les dio mucha confianza a las otras tres”. El abogado se refiere a Aqsa Mahmood, una chica de Glasgow, Escocia, que entusiasmó a las tres chicas para que se unan al ISIS y que les escribía bajo un seudónimo. Las propias familias dicen que es muy improbable que las chicas pudiera haber juntado los 4.700 dólares con los que pagaron los pasajes en efectivo en una agencia cercana a la escuela. Aparentemente vendieron tres o cuatro joyas que tenían por las que obtuvieron apenas unos cientos de dólares. El resto tuvo que provenir de una red de reclutadores del ISIS. La policía investigó una conexión europea que habría entregado el dinero pero sin aparente resultado. Aunque se encontró una conexión directa de una de las chicas. El padre de Amira, Hussen Abase, había sido filmado por los servicios británicos en una manifestación por los supuestos abusos contra los musulmanes en Gran Bretaña que fue convocada por el predicador jihadista Anjem Choudary, y de la que participaron varios sospechosos de atentados como Michael Adebowale, que luego mató a un soldado británico veterano de Afganistán mientras caminaba por una calle de Londres. En ese video se lo ve a Abase quemando una bandera estadounidense mientras gritaba Allah u Akbar (Dios es grande). Varios testigos dicen que Amira también estuvo en esa marcha y que su padre la llevó a otras protestas.

Desde que entraron al Estado Islámico, poco se sabe de las chicas británicas, salvo que de acuerdo a testigos que las reconocieron por las fotos que circulan en Internet, permanecieron durante casi tres meses en una casa de mujeres extranjeras en Raqqa controladas por agentes de seguridad femeninas que las ayudaron a “purificar sus mentes occidentales”. Luego, el abogado Tasnime Akunjee confirmó que las tres chicas se casaron con milicianos del ISIS, presumiblemente occidentales, que habían elegido de “un catálogo” que les habían presentado. En su informe al Congreso estadounidense la académica Sasha Havlicek dijo que según las estadísticas que ellos llevan de mujeres extranjeras en el califato, en su enorme mayoría se casan con hombres de su mismo origen y lengua. Hay un dato que confirma esto. Se sabe por sus referencias en mensajes en las redes sociales que Amira se casó con Abdullah Elmir, más conocido como “the Ginger jihadi” por sus rulos pelirrojos que sobresalen de su turbante negro. Elmir, que antes de unirse al ISIS atendía la carnicería de su padre en Sidney, es un muchacho australiano de unos 25 años que hizo varios videos de propaganda amenazando, particularmente, a los políticos de su país. Elmir envía permanentemente mensajes encriptadas por la red Kik a diarios australianos. En uno de esos mensajes dijo que se había casado y dio algunos detalles de su mujer “bengalí”. Amira, luego, en una comunicación con su hermano dijo que su marido era medio libanés-medio australiano y pelirrojo. De los otros dos maridos no se sabe nada, pero las familias de las chicas están muy preocupadas porque desde que comenzaron los bombardeos de la aviación rusa, se han tenido que mover muchas veces por el califato y se comunican cada vez menos.

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Hacia fines de 2015, de acuerdo al archivo de datos que lleva en ICSR (International Center for the Study of Radicalisation) del Kings College de Londres, había más de 4.000 combatientes europeos y norteamericanos en el ISIS y que a éstos había que sumarle unas 550 mujeres que viajaron hacia el califato. Sasha Havlicek del Institute for Strategic Dialogue dijo ante el comité del Congreso estadounidense que ellos monitoreaban permanentemente a 119 mujeres provenientes de 13 países occidentales que habían “emigrado” al territorio sirio controlado por el Estado Islámico. De éstas, el 56% se había casado casi inmediatamente después de arribar a Raqqa y que lo habían hecho, en casi la totalidad, con milicianos de su mismo país o región. De éstas, un 30% ya había enviudado y muchas vuelto a casar. Un 13% anunció por las redes sociales que habían sido madres, aunque se aclaró que muchas prefieren no identificar a sus hijos por razones de seguridad. Las 119 mujeres identificadas y observadas en los últimos dos años son de edades que van desde los 13 a los 46 años, aunque la gran mayoría tiene entre 16 y 20 años. Se conoce el caso de una chica alemana de 13 años que habría viajado sola para encontrarse con parientes en Raqqa. Todas tienen algún tipo de ascendencia musulmana o se convirtieron al Islam en los últimos cinco años. Sorprendentemente, tienen un nivel educativo mucho más alto que el de los varones que se unen al ISIS para combatir. Todas terminaron la escuela secundaria, algunas tienen estudios universitarios y hay varias profesionales, incluidas médicas e ingenieras.

 

El Manual de la Buena Jihadista

El matrimonio y la maternidad son los objetivos primordiales para las chicas jóvenes que viven en el territorio controlado por el ISIS. Las carreras universitarias deben ser postergadas o dejadas de lado en pos de estas metas. Y las chicas no tienen que esperar hasta sus 20 o 30 años para llegar a esos objetivos. También, es legal “casar” a una niña a partir de los nueve años. Esto, según el manifiesto dado a conocer por la brigada de control femenino del ISIS, Al-Khanssaa, y que fue traducido y difundido por la Fundación Quilliam, un centro de pensamiento británico para el combate del extremismo y la violencia. “La mayoría de las niñas puras se casarán con dieciséis o diecisiete años, cuando aún son jóvenes y activas”, aseguran. “Se considera legítimo para una chica que se case a la edad de nueve años”, agregan.

Sólo bajo “circunstancias excepcionales”, dice el manifiesto, las mujeres deben tener obligaciones fuera de su casa. Precisamente, aseguran que es exactamente el interior de la casa el mejor lugar para ellas, viviendo una vida de “sedentarismo” y en cumplimiento de su “deber divino de la maternidad “. Retrata a la civilización occidental como una sociedad atea, materialista que ha hecho que las mujeres dejen sus funciones “dadas por Dios como esposas y madres”. También aseguran que las mujeres no deben estar “en pie de igualdad” con los hombres, porque los dos sexos tienen funciones claramente distintas bajo el Islam. “Las mujeres no obtienen nada de la idea de igualdad con el hombre, aparte de espinas”, dicen las brigadistas en una referencia femenino-botánica. Y aclaran que la “igualdad” se tiene que manifestar en el hecho de que “deben trabajar y descansar en los mismos días que los hombres” más allá de las “complicaciones mensuales, de los embarazos y a pesar de la naturaleza de sus vidas y responsabilidades para con su marido, hijos y la religión”.

La brigada femenina de la moral y las buenas costumbres también aclara que si bien promueven que las mujeres permanezcan en sus casas, “de ninguna manera apoyamos el analfabetismo, el atraso o la ignorancia”. Ahora, “si una mujer se ve obligada a trabajar fuera de la casa, hay que recompensarla por este servicio y cuidar de su familia y los niños en su ausencia”. El manifiesto estipula que el trabajo de una mujer debe ser de no más de tres días a la semana y no debe implicar largas jornadas, “apenas unas horas al día”. El trabajo de una mujer debería tener en cuenta las “necesidades básicas de las madres”, tales como la enfermedad de un niño y los viajes de su marido. También disponen que las madres gocen de un mínimo de dos años de la licencia por maternidad y “sólo reanudarán su tarea cuando el niño haya comenzado a ser capaz de valerse por sí mismo en las cosas más importantes”.

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El manifiesto también prevé un sistema educativo en el que las niñas completen su educación formal a los 15 años. Cuando se trata de la educación superior, la desaconsejan. “Viven en el engaño las mujeres musulmanas que buscan un conocimiento global en lugar de uno emanado de la sharía, aseguran. Y agregan que “debido a esto, una mujer estudia estas ciencias mundanas sin valor en las montañas más lejanas y los valles más profundos”. “¡Viaja decidida a aprender el estilo de vida occidental sentada en medio de otra cultura, para estudiar las células cerebrales de los cuervos, los granos de arena y las arterias de peces!”, lanzan los autores en una curiosa selección de las materias de estudio. Sería más apropiado, dice el documento, para las mujeres musulmanas estudiar la jurisprudencia islámica y la comprensión de la Sharía. “Por lo tanto, no existe la necesidad de que revoloteen aquí y allí para obtener grados sólo para probar que su inteligencia es mayor que la del hombre”.

Sólo bajo “circunstancias excepcionales”, continúa el documento, las mujeres deben hacer su vida fuera de la casa. Tales circunstancias incluyen la jihad, la guerra santa, “siempre y cuando los líderes religiosos emitan un decreto para que las mujeres lo puedan hacer y no haya suficientes hombres para protegerse del ataque enemigo”. También especifica que pueden dejar sus hogares si son médicas o maestras o si van a estudiar teología. De todos modos, aclara la brigada Khanssaa, “siempre es preferible que la mujer permanezca oculta y velada, para mantener la sociedad alejada de ese velo”. Y dice que “es el papel más difícil, es similar a la de un director, la persona más importante en una producción, que siempre está organizando desde el detrás de la escena”

El manifiesto también incluye algunos “casos de estudio”, con escenarios que pintan imágenes positivas de la vida de las mujeres en el territorio controlado por el ISIS. Por ejemplo, especifica que las mujeres tienen derecho a vender sus productos en el mercado y expresar sus preocupaciones en materia de divorcio y herencia en los tribunales. También asegura que las mujeres del califato pueden acceder a las arcas del “zakat”, la limosna de la caridad, con el fin de asegurar los medios de vida para ella y sus hijos. Y que dentro del territorio del Estado Islámico las mujeres pueden vivir sin miedo a ser asaltadas. “Pueden pasearse en zocos y peregrinar sin caer en las garras de criminales, porque éstos se enfrentarían a castigos muy dolorosos”. En otra nota, el manifiesto llama a los hombres a “señalar y vilipendiar” a quienes golpeen a sus esposas. Y aclara hacia el final que éstas deben ser las normas por las cuales tienen la obligación de manejarse todas las mujeres del estado islámico.

 

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