“Es hora de rendir cuentas por el saqueo”, por Claudio Savoia

Ahora que las esposas ya abrazan las muñecas de Julio De Vido, la Argentina acaba de cruzar una línea histórica mucho más trascendente que lo que puedan reflejar las noticias: uno de los hombres más poderosos de los últimos quince años, cuya firma decidió el destino de 200.000 millones de dólares de todos los argentinos, ahora debe rendir cuentas por el saqueo de ese tesoro.

En un país sumergido durante décadas en una epidemia de impunidad, lo que parece un milagro es en verdad fruto de un poderoso cambio cultural que sólo ahora se ve reflejado en una justicia más acostumbrada a proteger a los corruptos que a perseguirlos

Costaría definir cuándo pasó, cuál fue el despertador social que nos enfrentó a un espejo horrible: el del fracaso para sostener a través de las décadas aquellas enseñanzas que, desde chicos, escuchamos en boca de nuestros padres y abuelos, muchas veces inmigrantes que ni siquiera habían podido terminar la escuela pero defendían el valor de palabras simples y casi sagradas para ellos. Trabajo, esfuerzo, honestidad, dignidad, sacrificio, constancia, aprendizaje, respeto. Con estas convicciones y la coherencia de vivir según ellas, hicieron de la Argentina un ejemplo durante décadas.

Pero algo pasó desde entonces, o muchas cosas. Aquellos valores fueron oxidándose bajo la tentación de los atajos, de los coloridos espejitos de la vida fácil y los beneficios instantáneos, esos de los cuales nos habían enseñado a desconfiar.

La trampa, la coima, el camino rápido, la vagancia, las excusas y esa vergonzosa facilidad para atribuirle a alguna conspiración el motivo de nuestros fracasos fueron desalojando las viejas enseñanzas que habíamos recibido

Lo vemos en la calle, en las escuelas, en los hospitales, en la cancha, en nuestros lugares de trabajo. Y durante años también se consagró en las urnas. Así votamos, apoyamos o soportamos silenciosamente, resignadamente  o cobardemente que sucesivas bandas de ladrones llegaran al poder con promesas de un futuro mejor para todos, pero inmediato y casi gratuito. De esos que no existen. Y aunque los vimos enriquecerse mientras en el país se multiplicaban los pobres, desaparecían los trenes o viajaban más lento que hace 60 años, o hasta nos quedábamos sin luz en nuestras casas, no nos habíamos animado a reclamarlo. Al contrario, seguimos dejando nuestro destino y el de nuestros hijos en sus manos.

No podemos culpar a nadie de semejante frustración. Pero la exuberancia y el desparpajo de la última tanda de bandidos nos hizo tocar algún fondo. Y ahí abajo, sepultado por el hollín de tanta corrupción, nos reencontramos con aquellos viejos valores sembrados por nuestros padres

Muchos políticos no vieron venir ese cambio. Decenas de jueces y fiscales tampoco. Y ahora corren para tratar de sintonizar con la nueva demanda. Ojalá la ola de justicia que los argentinos venimos soplando sobre sus playas sea lo suficientemente fuerte y lo suficientemente persistente como para que también los alcance a ellos. Entonces sí, en cada casa y todos los días, estaremos construyendo otro país.

 

  • Claudio Savoia es periodista, autor del libro Espiados. Editor de Judiciales de Clarín, especializado en temas de corrupción. En Twitter: @claudiosavoia
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