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¿Tu hijo se llevó hasta el recreo? Si querés ayudarlo no hagas ésto

Cuando termina el año muchos padres se desesperan por el riesgo de que sus hijos pierdan el años. Compartimos los consejos del psicólogo Alejandro Schujman, especialista en adolescentes. Qué podemos hacer para hacerles bien.

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Vivimos en tiempos de éxito y fracaso. Los padres corremos tras los hijos sobreprotegiéndolos. “Si yo puedo ¿Por qué no hacerlo? Ya tendrán tiempo para sufrir” se escucha en los consultorios psicológicos a menudo.

La felicidad se mide por los resultados obtenidos, hay que llegar, no importa cómo.

Me dijeron que en el mundo del revés…

Corrían los días de enero en la Ciudad de Buenos Aires. En el dormitorio de Joaquín, muchachito de 17 años, luz y sonido, varias pantallas encendidas, parece una sala de cómputos. Celular, consola de juegos, joysticks, televisor que acompaña con reggaeton bien fuerte, aire acondicionado a pleno. Juega online y la cosa se pone interesante, sube la tensión adentro del cuarto, Joaquín grita cosas propias de la jerga de los gamers. Afuera, el cemento hierve a 42° de térmica. Los gritos del muchachito se mezclan y confunden con los de su madre quien vocifera: “¡Joaco, por última vez, ¡vení a estudiar porque te desenchufo todos los aparatos!”.

Joaco no parece estar preocupado por eso, más bien se encuentra en un dilema porque acaban de matar a uno de los jugadores de su equipo y tendrá que lidiar él solo contra todos los oponentes. ¡Esos son problemas! No las 8 materias a febrero. La madre no lo entiende de esa forma, suspendieron las vacaciones familiares: se iban a ir quince días a la costa pero, con esto, imposible. Toma el teléfono, llama a su esposo, quien en la oficina escucha por repetida vez en los últimos días el llanto de su mujer. Joaquín, a todo esto, pierde su partida y se agarra la cabeza. La madre ya no grita, toma una medicación y tratará de dormir la siesta. Fin del primer acto.

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Dos días más tarde, en la misma casa, en el living, apuntes, libros, cuadernos en blanco, reglas, escuadras, resaltadores, lápices. Una mano escribe en medio de la maraña, presurosa, ágil, en uno de los cuadernos. No es esa la mano de Joaquín, claro que no. Él ya no juega online, por supuesto, duerme una fantástica siesta. La mano es de su madre, que apura el paso para llegar a tiempo con los resúmenes “a ver si este hijo mío se decide a estudiar, que este muchachito me va a matar con todas la materias que nos llevamos”. Fin del segundo acto.

Un mes y medio más tarde, fin de las mesas de examen del turno de febrero, Joaquín pasó de año, sin aprender demasiado. Su madre podría dar cátedra de cada una de las 8 materias que Joaquín rindió (en realidad dio 6 y dejó estratégicamente dos previas, ¿para que más?).

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Crisis de pareja, el padre miraba pasivo y ajeno la desesperación de su esposa, y el hijo, triste espectador de las desavenencias conyugales.

Joaquín pasó a quinto año, este es el último, será egresado, sin haber aprendido quizás la lección más importante para el pasaje al mundo adulto. Egresará, sin entender que lo que hacemos tiene consecuencias, que los resultados requieren procesos, sin comprender siquiera remotamente, que cada paso que damos es parte de un plan para llegar a las metas deseadas.

Los padres de estos tiempos caemos presos de nuestra propia trampa. Construimos un dispositivo que nos convierte en el andador de nuestros hijos. Nosotros les gestionamos las tareas, los materiales de estudio, formamos grupos de Whatsapp de padres donde hacemos su trabajo

Padres que no soportan los bajos resultados académicos y la posible frustración de sus hijos y entonces hacen lo que los padres no debemos generar en algunos aspectos cuando los hijos crecen: garantizar el éxito de los resultados.

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¿En qué momento decidimos desarmar este andamiaje para que nuestros chicos se encuentren cara a cara con sus posibilidades, responsabilidades, capacidad de decidir, de frustrarse? ¿En qué momento los dejamos a solas con sus debilidades? ¿Cuándo habilitamos a que sean protagonistas de sus procesos de aprendizaje?

Y que aprendan, quizás en el mes de enero, con muchos de sus amigos de vacaciones, que aprendan de una vez que el camino del crecer no es lecho de rosas.

Pasaron ya 15 años, y nuestro muchachito se encuentra en este momento en entrevista con la responsable del área de Recursos Humanos de la empresa donde trabaja. Ya con 32 años ha tenido en ella tres rotaciones en el último período. Le cuesta mucho adaptarse a los cambios, una enormidad asumir responsabilidades, y las gerencias se han cansado de reportar las dificultades que esto genera en su desempeño.

Inteligente, creativo, el trabajo en equipo es todo un desafío complejo para él. De no ser por estas cuestiones, su perspectiva profesional y techo en la empresa sería mucho más auspicioso.

Esto también es tema de su terapia, le dice a su analista, preocupado, finalmente él, y no finalmente su madre: “Lástima que de pibe en mi casa mis viejos no pudieron ponerme limites, una pena”. Fin del último acto.

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Caja de herramientas

La tarea más compleja para los padres es enseñarles a nuestros hijos a ser responsables, y en el caso del estudio la única forma es que se hagan cargo de sus tareas y por sus propios medios.

La voracidad de los padres provoca la inapetencia de los hijos. Y si el deseo de que nuestros hijos estudien es solo de los padres mal augurio nos y les espera.
Entendamos, aunque sea difícil, que llevarse materias y aún el escenario tan temido de repetir un año no es cuestión de vida o muerte. Guardarlos y protegerlos de esto es la mejor manera de garantizar su fracaso, ya que en algún momento tendremos que dejar de acolchonarles la vida. Es preferible que sufran chichones de pequeños y no fracturas expuestas siendo ya grandes.

Apliquemos consecuencias manteniendo la firmeza y la calma en las decisiones que tomamos como resultado de la inacción de nuestros hijos.
Apliquemos el axioma “cerca para cuidarlos, lejos para no asfixiarlos”

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Estemos ahí para acompañar, para asistirlos si piden nuestra ayuda y colaboración pero dejemos siempre claro que el colegio es una actividad que les pertenece y de las cuales nosotros somos vigías, no protagonistas.

Dicho todo esto, a disfrutar del descanso los padres, y a poner pestañas en remojo los hijos que durante el año apostaron a que “nada pasa si nada hago, total siempre me sacan las papas del fuego”.

Einstein decía que loco es aquel que quiere que algo cambie sin hacer nada diferente. Pues bien, no estamos locos, entonces hagamos distinto, y que el malestar quede del lado correcto, o sea, en este caso, del de nuestros hijos.

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  • Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y coautor de Padres a la obra

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