El niño detrás del legajo: sombras y luces de la adopción en la Argentina

Aurora Lucero, psicóloga especialista en desarrollo infantil, cuenta su experiencia personal con un niño que espera ser adoptado. Es apenas uno. Los cambios son urgentes.

“Querelo mucho”. Así empezó aquel primer encuentro con él… Era muy chiquito y su historia, triste. Dolorosa. Habían pasado apenas días de nacido cuando llegó a un hogar de niños, abandonado por sus padres. Nos conocimos a sus casi tres años y ante la inminencia de aquella primera sesión pregunté si tenía que hacer algo especialmente riguroso desde lo profesional. Una colega experimentada, de enorme caudal académico y humano, me devolvió solo dos palabras: “Querelo mucho”. Rigurosamente escuché la sugerencia. No tuve que esforzarme. Cuando lo vi por primera vez, yo también me enamoré de esa personita con ese tipo de amor que te sacude el alma y te despierta de un golpe y para siempre… Ese amor que te despierta para cuidarlo, para protegerlo, para hacer de esa entrega un don cada vez más grande.

Los dos pasábamos por tiempos difíciles… Él con sus casi 3, yo con mis casi 32… En esa primera sesión lo alcé, lo acuné, lo pegué a mi cara, le acaricié la manito y le dije que era lo más hermoso que yo había visto en mi vida… Y lo abracé durante una hora sin despegar mejillas… Y nos seguimos abrazando muchas semanas más… Yo sabía que él no tenía la posibilidad que tuvimos muchos, de contar en sus primeros tres años de vida con alguien que se ofreciera completamente para él, que estuviera completamente disponible para él. Entonces decidí ofrecerme yo y convertirme en su base segura, para sanarlo, para repararlo, para unirlo, para singularizarlo y hacerlo propio haciendo-lo propio… Y así descubrió, a esa edad, sus ojos, su boca, su pelo. Y así descubrió, a esa edad, que éramos distintos y que él era Él. ¡Y empezaron todos sus logros, todos! Hablar, correr, cantar, jugar, reír…

amor cuidadoY en el hogar estaban felices con sus logros, porque él empezaba a ser feliz. Mientras tanto, la Justicia, amparada en argumentos biológicos, consideraba una y otra vez que las mismas personas que lo habían abandonado, desnudo en pleno invierno, gozaban del derecho de verlo y “vincularse”… Y una vez aparecieron. Pero continuaban sin los suficientes recursos simbólicos, económicos y sociales como para hacerse cargo y volvieron a irse, sin dar mayores explicaciones… Y él, pequeño él, volvió a estar triste, a despedazarse… Y yo volví a decirle que lo quería mucho, que lo cuidaba, que era lo más importante que yo tenía, que mis jueves eran los días más lindos de mis semanas porque nos veíamos, que no me alcanzaban las palabras para contarle a la gente lo hermoso que él era y, como un mantra, no dejaba de decirle “no te olvides que yo te quiero mucho”, y volvíamos a abrazarnos fundiendo mejillas, fundiendo manitos…

Y pasaron los días y los meses, y volvió a sonreír y a cantar y a jugar y, de repente… ¡Ellos volvieron! Porque la Justicia consideró que era más importante la necesidad de esas personas que lo abandonaron que las necesidades de él, que ya tenía cuatro… Porque parece que para la gente que sí cuenta con recursos simbólicos, económicos y sociales, un niño de cuatro años no tiene necesidades, y mucho menos necesidades psíquicas… (probablemente no sea un concepto que manejen).  Aparecieron y, como era de esperar, se fueron de nuevo. Ellos se fueron. Para él y sus cortos cuatro años, ellos desaparecieron… Y empezó a dibujar sus manos en papeles que después arrugaba y tiraba… Y yo empecé de nuevo a decirle que Él era importante, que nadie lo tiraba, que no era un desecho… Y él lloraba y se escondía debajo de mis chalinas y yo le decía que llore tranquilo porque yo lo abrazaba… Que ahora yo abrazaba su tristeza, porque un día iba a abrazar su alegría… Porque cuando uno llora necesita el abrazo más primitivo y reparador… Y lo abracé con ese abrazo que envuelve y gesta de nuevo... Y él se dejó abrazar y los dos iniciamos de nuevo el proceso, y de nuevo le dije que lo quería mucho, mucho, y que lo iba a querer siempre, para siempre… Porque con él aprendí que en algunos amores el siempre sí existe, y que el amor que yo sentía por él era de ese amor que es para siempre…

Y volvió a reír… Tardó más que antes. Y volvió a jugar… Y también tardó más que antes… Y me di cuenta que él estaba triste, seguía triste, muy triste. Y un día dejó de jugar. Y me desesperé. Entonces decidí escribir. Escribir un informe que lo salvara de una vez y para siempre. Un informe que fuera claro y contundente para las personas que deciden sobre la vida de estos niños sin importarles sus necesidades psíquicas. Esa necesidad fundante que esas personas adultas que hoy deciden desde la función judicial fue cubierta y por las cuales pudieron estudiar. Y les informé que este pequeño niño, que ahora tenía cinco años, estaba siendo destruido psíquicamente, porque ellos se estaban tomando cinco años para dictaminar adoptabilidad.

Tuve miedo de queniño hamaca algún día él me odiara por haber descripto tan cruelmente su realidad para tratar de buscarle una realidad más feliz y acorde a su pequeñez. Pero lo hice, decidí hacerme cargo. Y el informe les llegó… Y dieron respuesta. A los cinco años y cinco meses después de su abandono, dictaminaron adoptabilidad…

Emocionados, conmovidos, empezamos a contar los días para que nadie apele… Y nadie apeló. Y pasó un tiempito más y a los cinco años y ocho meses, a falta de una, aparecieron dos mamás. ¡Dos mamás encantadoras! Y en él apareció de nuevo la sonrisa pero con mucha risa, con esa risa que te llena de cosquillas el alma y, en sus dibujos, primero llovió, después salió un alegre sol, después le borró las lágrimas a la luna porque ya no había motivos para estar triste -como él mismo describió- y, finalmente, dibujó su nueva casa y después el arco iris arriba del techo… Porque cuando llueve y después sale el sol, ¡el cielo se llena de colores!

Y en esa alegría inmensa que tenía él de estar en brazos de sus mamás, entendí cuál había sido “nuestro” proceso… Como dije al principio, cuando los dos nos conocimos en aquel abril de 2013, los dos estábamos muy tristes, muy. Y me di cuenta que en ese primer abrazo, los dos nos salvamos. Porque él, sin saberlo, también me salvó. Y me salvó con el amor más grande y más puro. Porque el amor salva, sana y repara. Y en los dos, en la memoria de los dos, va a quedar grabada para siempre la huella de ese afecto reparador que juntó los pedazos de los dos, activando en mí la capacidad de amar para siempre, y activando para siempre en él el derecho de sentirse amado, deseado y cuidado.

Ese primer día me dijeron “querelo mucho”… Y hoy mi corazón guarda, para él, un lugar privilegiado… ¡¡Para SIEMPRE!!

 

Aurora Lucero es psicóloga e investigadora en psicología perinatal. Especialista en desarrollo infantil. 

 

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