“Con vos no se puede hablar”: la grieta que separa familias y amigos

Tenemos un país quebrado al medio, con un montón de gente atrapada entre dos polos.

“Queridas mías, nos une la historia de nuestras vidas, el cariño que nos tenemos, los momentos compartidos, pero nos separa el abismo. Pensé mucho, no es un impulso, les pido que no me insistan. Dejo el grupo, las diferencias son muchas y me siento muy sola con lo que pienso. No quiero terminar enemistándome, las quiero mucho.”

La historia transcurre dentro del marco de un grupo de WhatsApp de amigas egresadas del colegio primario. La que escribe es una mujer de aproximadamente 50 años, quien, después de casi 40 de recorrer historia y vida junto a sus amigas, está tomada por este fenómeno tan triste de nuestros tiempos: la grieta.

Tengo 52 años y me crié escuchando de radicales y peronistas, de Boca y River, de blancos y negros, de sures y nortes. He leído y estudiado sobre la historia del hombre contra el hombre a través de los siglos y transito con mucha tristeza, dolor y preocupación, como profesional de la salud mental, como hombre y como padre, este momento en el que tenemos no un abrazo partido (como la película), sino un país partido, quebrado al medio con un montón de gente atrapada entre los polos.

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Familias que se rompen, grupos de amigos que se quiebran y no entiendo. O mejor dicho, entiendo y pienso, tratando de buscarle sentido al sin sentido: que el ser humano vive lo diferente como una amenaza, que tenemos emociones primarias que no manejamos y que afloran, que la identidad política es una parte fundamental de nuestra identidad…

Pero me duele esta falsa pasión llevada al extremo, me duele el odio, me duele pensar que somos todos parte de una misma historia y que muy difícilmente podremos enseñarles a nuestros hijos de igualdad, del compartir, del prestar, cuando estamos respirando desde el rencor y el deseo del aniquilamiento de quien no piensa como nosotros.

Volvamos a la mujer del relato inicial, la llamaré Elsa. La situación me la relata una paciente angustiada por esta decisión de su íntima amiga, pidiéndome consejo al respecto de qué manera intervenir. Elsa está en uno de los dos polos de la grieta, la verdad que no importa muy bien en cuál de ellos. En los últimos años, en reuniones familiares, en fiestas y en cumpleaños, sufría los embates de sus amigas, quienes están en “el otro bando”. Hoy estalla, sin poder soportar quedar a expensas de esta situación. Estalla y decide bajarse, cerrar la grieta con la ausencia, una combinación frecuente y penosa de nuestros tiempos.

Éxito y fracaso, vencedores y vencidos

En mis charlas, les muestro a los chicos una foto de un entrenador de básquet infantil besando la frente de uno de los niños que está en el rectángulo de juego. Les cuento la historia de esta foto que se viralizó hace unos meses, muy sencilla. Al terminar el partido, dos tiros libres para uno de los equipos. El ejecutante no levanta más de 1,50 metro del suelo, erra el primero, abucheo del público, padres presentes. El chiquito rompe en llanto. El entrenador entra a la cancha, le da un beso, le dice: “Respirá tranquilo, confío en vos, lo que hagas va a estar bien”.

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Me preguntaba en ese momento por qué esa foto dio la vuelta al mundo. Me respondía como hipótesis: quizás porque no vivimos en tiempos en donde el éxito o el fracaso sean palabras menores y vencedores o vencidos sean términos relativos.

El mundo dividido en dos, el mundo partido al medio; el norte, el sur; los de arriba, los de abajo; los que tienen y los nadie (querido Galeano). Vivimos en tiempos de éxito y fracaso, y por eso la actitud del entrenador es noticia.

Esos raros cuidados nuevos

Tengo una perra llamada Gala, a quien amo profundamente. Cuando viene alguien por primera vez a mi casa, le pregunto si tiene miedo a los perros. A los animales, por más que Gala sea cachorra y juguetona, alguien puede temerles y me parece prudente consultar.

Tomaba recaudos cuando, más pequeños mis hijos, venía algún amiguito a dormir, si era alérgico a alguna cosa o si había alguna comida que le cayera mal.

Hoy, tristemente, los cuidados a tener en reuniones sociales son “tratemos de no hablar de política”, “ojo con Raúl que si le hablas de la grieta explota”.

Son años de sensibilidad extrema, de crispación. La intolerancia a las diferencias hiere sensibilidades, separa grupos y rompe afectos de décadas

Tuve la suerte de compartir una jornada de trabajo en el Chaco con el doctor Abel Albino. En su conferencia, él hacía referencia a Nueva Zelanda y decía que una de las candidatas a la presidencia le contaba: “Acá los sábados nos reunimos los candidatos de los distintos partidos a almorzar en mi casa. Nos ponemos de acuerdo en qué protocolo aplicar. En mi país, gane quien gane, las medidas son claras e irrefutables, no importa quién las lleve a cabo. Todos somos neozelandeses, hablamos, cantamos el himno, nos damos un abrazo y ya”.

¡Qué envidia! Lejos estamos de esa realidad, narcisismos en juego, y la rueda gira para atrás.

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Los chicos ven, los chicos hacen

Escribo porque la palabra es la vía regia para expresar lo que pienso y lo que siento. Escribo porque soy psicólogo hace 30 años, hombre hace 52 y padre hace 23. Me pregunto y les pregunto desde qué lugar y con qué autoridad podemos enseñarle a nuestros chicos los principios básicos de las solidaridad, del compartir y respetarnos cuando estamos destilando odio.

Un pacientito de siete años me preguntaba en el consultorio el otro día:

– Ale, ¿por qué hay gente que se pone contenta cuando a otros les va mal?

Confieso que la pregunta me heló el pecho. ¿Qué estamos haciendo? Aunque no me sitúo en ninguna de las antípodas, me implico porque somos todos responsables. Los chicos no nos escuchan todo el tiempo, pero no dejan de mirarnos.

Hablaba con un amigo, hermano, en estos días por teléfono y me decía que nuestros hijos van a sufrir la grieta por los próximos 20 años si no hacemos algo entre todos. Y tiene razón. Mi hijo dentro de 20 años va a tener 43 y el más chico 36 y van a ser grandes. No quisiera que crezcan en un mundo donde el rencor y el odio son monarcas.

Vuelvo a preguntar qué nos pasa que no podemos tolerar, que no podemos bancarnos que el otro piense distinto. Tenemos la fortuna de vivir en democracia, esta democracia que nos ha costado conseguir

Este y el anterior (y el anterior y el anterior) son gobiernos democráticos y cada cuatro años tenemos el maravilloso privilegio de ir a las urnas a expresarnos. No nos alcanza con ésto.

Me pregunto qué se nos está jugando en el inconsciente colectivo que nos nubla la capacidad de ver que atrás de la ideología hay una persona con una historia igual que nosotros. Tenemos que cuidar a nuestros hijos… Serán quienes pisen la tierra que habitamos y estamos, con esta maldita grieta, pisando la fragilidad de nuestros niños y enseñándoles a vivir en el odio.

Voy a aprovechar esta nota para mandarle un enorme abrazo a mi querido amigo Federico y lo nombro por su nombre real. Fede es hincha fanático de Huracán y lo conozco y lo quiero desde que teníamos seis años e íbamos a primer grado juntos. Yo soy fanático de San Lorenzo y con Fede teníamos la hermosa costumbre de acompañarnos. Él estaba a mi lado –y si leés esta nota, Fede, corregime-en el año 1981 cuando nos fuimos a la B, y me abrazaba consolándome.

Amigo e hincha de Huracán, yo te acompañaba a los entrenamientos de Huracán, si hasta un 9 de aquella época me regaló su camiseta en un entrenamiento. Yo la usé un par de veces para ir a jugar a la plaza, me llegaba a los tobillos, no tenía más de 13 años. Íbamos juntos por la vida, ninguna grieta, éramos amigos, ¿qué nos íbamos a pelear por el fútbol?

Creo que todos queremos lo mismo -quiero pensarlo así-: queremos justicia, queremos paz, queremos que no haya más barriles con gas que maten chicos en ninguna parte del mundo, que no haya más hambre en el mundo, que todos tengan trabajo, un mundo libre.

A cualquiera que yo le pregunte me dirá que quiere ésto. Entonces ¿por qué nos peleamos? No entiendo. La discrepancia, la diferencia, deberían enriquecernos. A partir de la crisis deberíamos crecer, a partir de lo distinto deberíamos sumar, pero lo distinto nos resta.

“Podré ser un soñador pero no soy el único”, digo, y cito ni más ni menos que a John Lennon, a quien lo mató el odio de Chapman, que vaya a saber por qué oscuro y siniestro motivo no pudo soportar la estrella de John y le disparó un balazo que terminó con uno de los mayores genios de nuestra historia.

Vivimos en un mundo en el que el odio ha hecho marca -quizás un poco más que el amor- y podemos nosotros los hombres, las personas de este maravilloso país que habitamos, hacer una diferencia. Podré ser un soñador pero no soy el único.

La grieta que llevamos dentro

Lo he dicho muchas veces, vivimos en estado de aislamiento progresivo; la virtualidad es un buen refugio para estos tiempos de desconexión, de aparatos encendidos y miradas apagadas. Creo que, en estas épocas de repliegue sobre uno mismo, se potencia la grieta que naturalmente existe en cada uno de nosotros y la amenaza externa frente a lo diferente se agudiza y multiplica.

Quiero decir con esto que los fenómenos de masa, el malestar en la cultura se acrecienta cuanto más nos encerramos nosotros mismos. Creo que nos debemos un debate como personas y como sociedad para entender el momento que estamos viviendo.

Es urgente, menester, imperioso que nos miremos, entendamos que lo que nos mata es el miedo, y no que el otro piense distinto. El odio nos separa y aleja de los afectos esenciales.

Cerrar la grieta depende, mal que nos pese, de nosotros mismos. Si no lo hacemos por nosotros, porque tan sumergidos y enajenados estamos, hagámoslo por nuestros chicos: no los criemos mostrándoles una gran familia que no para de pelear

Tenemos un país maravilloso, pero como pueblo estamos en problemas, problemas serios. Si pudiéramos salir de la primera capa de la cebolla, esa en la que sólo el narcisismo nos ocupa, quizás tendríamos la chance de conectarnos con la esencia de cada uno y así la grieta seguramente se achicaría… Y podríamos descubrir que tenemos mucho más en común de lo que parece.

La llave para salir de la encerrona -por suerte, y esa es la buena noticia- la tenemos en nuestras manos, podemos usarla, o seguir mirando para otro lado y los que perdemos, mi querida Argentina, somos todos.

 

  • Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y coautor de Padres a la obra.​​
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