Humor judío: Moldavsky y un desopilante viaje a Miami

El humorista del momento, cuenta un viaje en familia a Miami que te hará morir de risa.

Roberto Moldavsky es el humorista del momento. Luego de atender un negocio en el Once durante 20 años, se animó a hacer reír y brilla en radio y TV y vuelve en marzo con todo al teatro Apolo para regalarte una salida inolvidable.

Es un crack del humor judío. Es imposible pasar más de 10 minutos con él sin que te duela la panza de tanto reírte. Hay algo en su modo, en su decir, en su genial improvisación y su enorme capacidad de reírse de sí mismo, que causa mucha gracia.

A los 55 años, Roberto Moldavsky dice que lo suyo es “el humor judío, goy inclusive”. Su clave es que habla de cosas de las que, como pedían las maestras, nos podemos reír todos.

Como carta de presentación, se podría decir que el hombre que integra el staff de Bravo Continental (el programa de Fernando Bravo), el de La peña de Morfi (Telefe) y que triunfa en el teatro con Moldavsky suelto en el Apolo (vuelve en marzo).

 

Tiene dos hijos, dos hermanas y es fanático del fútbol (“Soy capaz de ver los partidos de la B de Ecuador”). La “labia” es su fuerte: “Yo te vendo un indio herido, es mi especialidad. Me encanta la venta difícil, el clavo, el saldo… Vender la campera violeta es como causarle gracia a un seriote. La diferencia es que en el teatro te festejan enseguida y en el negocio te pagan a 180 días”.

Para alegrarte el día y conocer o disfrutar a este grande del humor, compartimos su desopilante relato de un viaje a Miami. Sentate y entregate a las carcajadas.

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La anécdota familiar : Jacobo, el amigo de Olmedo

“Mi viejo siempre decía que era amigo de (Alberto) Olmedo, y nosotros no le creíamos. Es que no había posibilidad de que lo fuera. Parecía una típica cosa de ésas que cuentan los padres para sacar chapa. Le decíamos ‘Sí, obvio, dale, pa’. Y un día salíamos del Gran Rex después de ver una película en familia y justo también salía Olmedo del estacionamiento. Gritó ‘Jacobo, Jacobo’. Se bajó del auto y lo abrazó con ganas. Con lo cual nos arruinó el gaste que le veníamos pegando. Mi viejo había trabajado en una sastrería que le vendía los trajes para los sketches… cosa que nunca le habíamos creído. Pero esa noche se acabó la fantasía. Fue emocionante. Y eso me duplicó la admiración por Olmedo. Pobre mi papá… Desde ese día podía decir ‘Anoche comí con Woody Allen’ y le íbamos a creer”.

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