Papá Noel, los Reyes, el Ratón Pérez y el inmenso valor de creer siempre un poco más

“De niño pensaba que el cielo
bajito esperaba por mí
y fue despidiéndose siempre más lejos
que un día pensé en desistir
Después el ratón de los dientes
y magia cada Navidad
aquel Santa Claus que bajaba sonriente
pero nadie lo pudo mirar
Habrá que creer, habrá que creer
en algo o en alguien tal vez …”
Alejandro Filio

Camina serio, preocupado y circunspecto. Se sienta, con su escasa estatura levantada del suelo. Me mira y enuncia, solemne: “Tengo que preguntarte algo, papá”.

Hago silencio y lo invito con un gesto a que diga lo que tiene por decir. Ya temía esta conversación…

– “Papá Noel, y los Reyes Magos… ¿Son ustedes no?”

No le salía la voz, tenía que decirlo pero temía hacerlo. Recuerdo hoy, 11 años después, su carita de tristeza y su valentía en formular aquello de lo que no quería, no aún, saber. Recuerdo también el nudo en mi garganta y las ganas incontenibles de abrazarlo y, quizás, decirle que sí, que existían, que no éramos “nosotros”, su madre y yo. Pero recordé lo que siempre digo a mis pacientes y en mis talleres y conferencias: el diálogo, la confianza, son pilares esenciales del vínculo saludable. No podía dar una respuesta falsa si ÉL me preguntaba a MÍ.

Asentí con la cabeza, lo miré a los ojos y le dije: “Sí, somos nosotros…” Se quedó serio y callado, un instante, largo en la dimensión del tiempo psicológico, muy largo… Hizo un puchero, lo recuerdo, lo hizo, levantó su mirada y, encandilándome con sus ojos, sentenció: “Yo voy a seguir creyendo un poco más”.

Más allá de religiones, credos, culturas, etnias, geografías e idiosincrasia, el ser humano tiene un universal, algo que los une desde siempre: creemos, soñamos, nos ilusionamos, más allá de la razón, más acá del sentido común. Tenemos eso, es nuestro mayor tesoro

Y la mirada del mundo adulto va, penosa, lastimosamente, derrumbando esta maravilla del sentir que algo mágico puede pasar a la vuelta de cualquier instante. La creencia original, la primera esfinge, la referencia primaria, no es otra que la mirada de los padres. Y nuestra palabra tiene peso, vaya que lo tiene…

Mi hijo mayor, de 23 años hoy, con apenas 7 años, caminaba de mi mano. Me distraje por un instante, cruzando la calle, bocina, algún grito del conductor, nada pasó más allá del susto. Pero fui claramente imprudente y mi primer reflejo fue preguntarle a Ignacio: “¿Vos no viste que estaba cruzando mal?”

– “Si, pero si vos decidías cruzar así por algo sería”

Me dio escalofrío: nuestra palabra y nuestros acciones pesan. Y si nosotros decimos que vale soñar, y que “dale que somos, piratas, aviones, magos voladores, renos, camellos, dale que…”, ellos sueñan. Y soñamos nosotros a través de sus ojitos y corazoncitos palpitando.

Hay un momento en el que hay que dejar de caer algo de la magia. Es inevitable y tiene que ver con la perdida de la ingenuidad, o parte de ella. Pero… ¿Toda? ¿No podemos quedarnos con algo de eso?

Recuerdo, en pleno ejercicio de mi asociación libre, mis épocas de” mago”. Apenas egresado del colegio secundario y habiendo comenzado la universidad, comencé junto a un querido amigo a animar fiestas de niños y adultos. Él me introdujo en el apasionante mundo de la magia, arte que desde nuestras limitadas posibilidades utilizábamos como recurso para las fiestas.

En las casas de magia, cuando íbamos a comprar los juegos que usaríamos después en nuestro trabajo, nos encontrábamos con la siguiente particularidad. El vendedor (“el mago”) enseñaba el juego a los posibles compradores. Así, si éste resultaba de su interés, llegaba el momento de decidir si lo compraban o no. Había, todos lo sabíamos, un acuerdo implícito: sólo si optaban por comprarlo el secreto sería develado. Se terminaba el juego y ya no había vuelta atrás… Era todo un duelo: qué pena me daba descubrir el secreto… ¡Algo se rompía, pequeño, pero se rompía! Y algo se rompe cada vez que nuestros niños descubren y nos piden que quieren seguir creyendo un rato más.

Es nuestro derecho, nuestra obligación, nos lo debemos y se lo debemos a ellos, asegurarles que nunca, pero nunca jamás, dejarán de creer, un ratito más

Que no termina el juego, el de pensar que la magia puede y debe sorprendernos. Que si queremos creer, digo yo (que sigo mirando algunas cosas en mi vida con ojos de niño) ¿quién puede decirnos lo contrario?

 

 

Por Alejandro Schujman, psicólogo especialista en adolescentes. Autor del libro Generación Ni Ni y coautor del libro Herramientas para padres. Autor del espacio Escuela para Padres en Buena Vibra. Su sitio.

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