El mate, el asado y el sabor del mejor encuentro: mirarse a los ojos

Apagar pantallas y conectar miradas. Acortar distancias. Entregarse a la vibra de estar con otro. ¿Nos animamos?

Poner agua suficiente, no más de un litro, que es lo que suelen tener los termos. Si la pava es eléctrica, esta parte es sencilla, poner el “punto mate” y ya. Si es de las tradicionales, habrá que estar atento para que el agua no hierva porque la yerba se lava. Con el agua cargada en el termo, poner dos tercios de yerba en la cavidad del mate. Apoyar la palma en la boca del mismo y sacudir para desparramar el polvo de la yerba mate. Dejar una superficie alisada, una “montañita”, como me explicaba mi
hijo Ignacio cuando me enseñaba a cebar mate…

Aclaro que no soy buen cebador… Misterios de la naturaleza porque no es un hecho científico, pero le pongo mucho amor. La montañita entonces, un chorro de agua
en la parte cóncava. Colocar la bombilla y tirar el agua siempre en la bombilla para que no se moje toda la yerba.

El primero, medio amargón, lo toma el cebador. Dicen los que saben que el mate es amargo, que no se endulza. La cáscara de naranja me sienta muy bien.

Empieza la ronda de una de las costumbres más bellas que tenemos en nuestro país.

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El sabor del encuentro

Cuando se toma mate se mira a los ojos.

En el mate se dice gracias , aunque no se dé un aplauso para el cebador -porque no es tan complicado como hacer un asado, creo yo.

Pienso, lo digo siempre, que la celebración del encuentro es uno de los momentos en donde tenemos la mejor versión de nosotros mismos

El mate ya está listo…

Abro la puerta blanca de mi terraza, después la reja negra. Llevo en una bolsa la caja de fósforos, el delantal para no ahumar tanto la ropa, mis hijos me objetan este detalle siempre, pero son coqueterías de la adultez. Un poco de diario, la música ya está sonando. Serrat, Silvio Rodríguez, Drexler quizás; alguna de esas añoranzas. Uno de los momentos, rituales, más bellos de nuestro folclore, la previa del asado.

Mi método para el fuego: una torre de papel prolijamente enrollado formando semicírculos concéntricos, alguna madera, y si llega a haber alguna piña es fantástico, en el hueco de esta torre, carbón cubriendo toda la periferia de la construcción, si está bien hecha un fósforo debería ser suficiente.

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No más que eso y el sonido maravilloso del crepitar acompañando la ceremonia, ahora sí, una tabla de madera para cortar algo de queso, salamín, algunas aceitunas, una buena compañía y a tomar asiento en el sillón director ubicado debajo de la hamaca paraguaya; mientras el fuego hace lo suyo .

Tenemos dos de las ceremonias más bellas que conozco, hablo de nosotros los argentinos, más allá de quien se atribuya el invento, el mate y el asado en el peor de los casos también son nuestros

Tenemos esas hermosas costumbres e invito a defenderlas y sostenerlas… Y transmitirlas y ponerlas en valor. Al menos en las grandes ciudades, donde vivimos tan sin mirarnos a los ojos, tan desencontrados.

Por un lado, la celebración del encuentro, por otro el himno al “ombliguismo”. La empatía como rara especie en extinción.

Podemos pasar momentos de excelencia metiéndonos en un libro o en una serie misma, y está muy bien, pero el compartir con los que queremos construyen momentos únicos

La comida nos convoca, la música también lo hace. Amo cantar, aunque lo haga de forma absolutamente amateur. Y mi hijo menor, hace muchos años, me decía “qué suerte que tenés, que podés llevar siempre la garganta con vos y cantar a dónde quieras”.

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Tenemos placeres enormes, ahí nomás, adentro nuestro, y cuando lo que nos gusta se comparte, la vida se celebra. Cuando lo que nos gusta nos hace felices, podemos cortarlo en tajadas o sacarlo de las cuerdas de una guitarra o de una parrilla para agasajar a quienes nos honran con su amor, y la vida se celebra.

Y lo que me pregunto es por qué nos escatimamos tantas veces las celebraciones y nos encerramos en preocupaciones absurdas, minúsculas, absolutamente pasajeras, desligando el foco de nuestra vida, poniéndolo en esta costumbre urbana de correr para llegar a ningún lado…

¡Con lo fácil que es encontrarse! ¡Con lo fácil que es sacarse los monitores de encima y mirarse a los ojos! Lo he contado y lo he escrito en muchas notas: cuando en mis charlas propongo el simple ejercicio de mirarse a los ojos con quien cada uno tiene a su lado, la reacción es curiosa y radiografía de época. Tensión, risas nerviosas, molesta, asusta el contacto visual con el otro. En el rescate dicen: “cuesta mucho ésto que nos pedís, quedamos desnudos de repente, los ojos no mienten”.

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La desnudez de la mirada en pos de la celebración del encuentro es lo que reclamo humildemente desde estas palabras. Construyamos tiempo de miradas encendidas y monitores apagados. Celebremos el encuentro… Por muchos mates, por muchos asados… ¡Salud!

 

  • Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y coautor de Padres a la obra.​​

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